LA CARCOMA DEL GASTO PÚBLICO

Entre las tendencias generales de los últimos diez Presupuestos Generales del Estado destaca, por su volumen y reiterada continuidad, todo lo referente al incremento del Gasto Público, con su secuela de necesidad de aumento de la recaudación fiscal. Estos incrementos sustanciosos en la recaudación no han sido suficientes para nivelar los gastos, por lo que, también con tozuda repetición a lo largo del período, los déficits del Sector Público han sido habituales año tras año.

Si tenemos en cuenta únicamente, al objeto de homogeneizar los datos, las cifras presupuestadas como Gasto Público del Estado, se puede observar cómo la tendencia anterior a los presupuestos de 1983 no sólo se consolida, sino que se incrementa. Desde los 4,51 billones presupuestados para 1983, se pasa a los 8,02 para 1987, terminando la serie con los 23,7 presupuestados para 1992 y los 26,01 para 1993. En estos diez años las cifras de Gastos del Estado presupuestadas se han multiplicado notablemente. Además el Gasto real viene siendo últimamente significativamente superior al presupuestado.

La inercia del gasto público en estos años se puede presentar como un ejemplo paradigmático de cumplimiento de prácticamente todas las teorías elaboradas para explicar estos fenómenos. Desde la ya clásica Ley de Wagner hasta las teorías de los grupos de interés de Buchanan y Tullock; pasando por las explicaciones que achacan al ciclo político la causa principal; o las que centran su atención en la redistribución de la renta; o, por último, las que la explican por la teoría de la descentralización del poder político, especialmente aplicable en España al comportamiento de las Comunidades Autónomas y Ayuntamientos.

Los comentarios críticos sobre los problemas que trae consigo esta tendencia de la política fiscal española se han repetido hasta la saciedad desde distintos foros personales e institucionales, tanto nacionales como internacionales. Los déficits públicos persistentes acaban por generar inflación y, con ella, toda la retahíla de perjuicios generalizados: en la competitividad de las exportaciones, en el ahorro, en los perceptores de rentas nominalmente fijas o con baja flexibilidad al alza, en la toma de decisiones económicas estables a medio y largo plazo, en la estabilidad del valor del dinero (requisito imprescindible en una economía moderna si quiere alcanzar mayores cotas de desarrollo), en la necesidad de mantener altos tipos de interés para financiar una Deuda cada vez más abultada,… etc.

Esos déficits obligan al Estado a presionar sobre el ahorro privado. También el sector privado es demandante de este ahorro, pero la oferta más tentadora del Estado, siguiendo los ratios de seguridad-riesgo-rendimiento acaban por desplazar al sector privado, con lo que resulta difícil negar su influencia decisiva sobre el efecto expulsión de la inversión.

El peso de la corrección de la inflación se ha hecho recaer exclusivamente sobre la política monetaria elevando los tipos de interés. Se ha intentado también acudir a la política de rentas pero con escaso éxito. En cualquier caso el recurso al ajuste de la política fiscal ha sido renovadamente despreciado. Ello está dando lugar a otra secuela de efectos: incremento de costes financieros para las empresas, con su negativa influencia sobre la inversión y, consecuentemente, sobre el nivel de ocupación (el gran drama de la economía española).

El incremento excesivo del volumen del gasto público da lugar, en definitiva, a un mayor protagonismo del Estado frente a la sociedad civil; se burocratizan los recursos y los estímulos de los individuos; se paraliza la eficiencia multivariante innovadora y creadora de las decisiones personales; se adormece la capacidad de trabajo y la capacidad emprendedora de los ciudadanos con lo que se incentiva por el contrario el ocio, consumo y espíritu pedigüeño de la población. La ilusión de seguridad en definitiva prima sobre el poder creador del riesgo y la aventura empresarial. La búsqueda del Estado del “bien-estar” ha paralizado el Estado del “bien-hacer”. Aquí estamos. Ahora falta lo más difícil: reaccionar con fortaleza e inteligencia.

JJ Franch

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