EURODÓLAR

Cuando todos los responsables europeos políticos y económicos están atareados y enfrascados en la solución de la tambaleante economía financiera mundial y en las cuestiones técnicas de detalle en la recta final de la puesta en marcha del Euro, creo que conviene levantar un poco la vista y mirar más allá para tratar de reflexionar sobre el orden monetario mundial una vez asentada la moneda única en la envejecida pero pujante Europa. Sobre todo se considera conveniente seguir de cerca los acontecimientos económicos y monetarios americanos del área del dólar. Los mercados ya lo hacen diariamente y más lo hacen también los rectores del Banco Central Europeo.

Digo esto porque tenemos la oportunidad única, a poco bien que resulte la puesta en práctica de la moneda única europea, de implantar un patrón monetario internacional, una especie de encarnación eurodólar del, tan deseado por muchos, patrón oro internacional. Todas las razones que desde distintos foros se han aducido en todos estos años desde Mastrique para eliminar el batiburrillo y caos económico del nacionalismo monetario europeo son perfectamente aplicables a la convergencia euroamericana que acabaría en un patrón eurodólar en todo el orbe occidental. Se podía empezar por un sistema euroamericano con intervenciones concertadas de la Reserva Federal y el Banco Central Europeo para ir acercándonos a un futuro tipo de cambio fijo irrevocable entre el Euro y el Dólar, acabándose en una moneda única Eurodólar que dotara de estabilidad los cálculos y decisiones económicas subjetivas en todo tipo de intercambios y contratos para más de 1.000 millones de ciudadanos del mundo. A ese patrón eurodólar, al que difícilmente dejaría de incorporarse el Reino Unido, se podrían ir incorporando paulatinamente otros países en la medida que fuesen cumpliendo una serie de requisitos parecidos a los establecidos para la Convergencia Europea.

Si se consiguiera establecer un único patrón monetario euroamericano con tipos de cambio irrevocablemente fijos, los movimientos de capital dentro de esa inmensa área eurodólar responderían, no a las variaciones en los tipos de interés o mirando de reojo a las posibles alteraciones en los cambios de las divisas, sino a las tasas de rentabilidad esperada de las inversiones en las diferentes regiones y en las distintas subáreas de actividad potencial, incluidas las cuotas de riesgo que cabe asignar a cada una de ellas. Esa velocidad cada vez más acentuada de traslación de los capitales a lo largo y ancho de un mundo que se hace cada vez más asequible con la explosión pacífica de las nuevas tecnologías informáticas, facilitaría su aterrizaje en aquellos lugares donde los cambios en el comercio internacional de bienes y servicios transmitieran oportunidades reales de ganancia futura. Es de esperar entonces que el capital circule desde las áreas donde es más abundante hacia aquéllas donde escasea, buscando los nichos de mercado más olvidados y que prometen más rentabilidad. Se facilitará entonces que las regiones o áreas más descapitalizadas, si se esmeran en el cumplimiento de ciertos requisitos institucionales, puedan ser el destino de esos flujos y que, como consecuencia, contribuyan a elevar su productividad en el futuro.

Cambiando la oración por pasiva, si nos movemos, como todas estas décadas pasadas con una exacerbación del nacionalismo monetario, en un régimen de tipos de cambio flotantes donde los agentes económicos mantienen altos índices de incertidumbre sobre el mantenimiento de las paridades existentes entre las diversas monedas nacionales, los bancos tienen que contraer obligaciones diversificando riesgos en diferentes monedas produciéndose distinciones artificiales en la liquidez de las diferentes redes financieras y facilitándose la aparición de perturbaciones. La posibilidad de ganancias o pérdidas en los saldos de divisas por las variaciones en los tipos de cambio producirá variaciones especulativas recurrentes que alteran el cálculo económico de los agentes perturbando la estabilidad necesaria y conveniente en las decisiones de ahorro, consumo e inversión. Como explica Hayek en El nacionalismo monetario y la estabilidad internacional: “Tanto si consideramos estos motivos como diferentes o como manifestaciones de un mismo fenómeno, lo cierto es que la flotación de los tipos de cambio es una nueva y poderosa fuente de movimientos internacionales de capital que responde a razones muy diferentes y distintas de las que se dan con un patrón-monetario internacional bien establecido.”

Con la conciencia clara por parte de las futuras autoridades monetarias mundiales de que la inflación y la inestabilidad monetarias son el mayor mal para el bienestar social y económico de las gentes, estos planteamientos a futuro no deben generar miedos y resquemores pueriles e injustificados. Se conseguiría así un colchón de estabilidad donde el comercio en el interior de esa área monetaria común obedecería a factores de rentabilidad real y donde la seguridad de la propiedad, no sujeta a fluctuaciones inesperadas, facilitaría los intercambios voluntarios de suma positiva y posibilitaría que los agentes económicos se especializaran en aquellas tareas para las que mejor dotados estuviesen, absoluta o comparativamente. Tenemos que intentar conseguir diariamente que la maraña del corto plazo no nos impida ver el bosque de esperanza cierta que se abre ante nuestros ojos en el largo plazo no lejano.

JJ FRANCH

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