EL VALOR DE LA ECONOMÍA

Cuando el vecino del quinto traspasa el umbral del portal de su casa rumbo a la aventura del nuevo día, está ya valorando en su interior sus posibles azañas cotidianas personales, familiares o empresariales. Unas se presentan como vitales y de enorme trascendencia y responsabilidad a sus ojos, de tal forma que todo lo demás aparece protegido por su sombra o iluminado con su luz. Atraído por su fuerza valorativa subjetiva apenas si se da cuenta que llueve o hace frío y si el autobús se atrasa o si acaba de pasar inquieto. Otras, que seguramente ocurrirán de hecho y quizás al final acabarán siendo las importantes, apenas se atisban en su mente aquella mañana de lunes otoñal. Cada una de las prendas de ropa que le visten y abrigan ha sido minuciosamente escogida acorde con aquel o aquellos sucesos que se le presentan “a priori” como importantes y que pueden ser: desde la firma ansiada en el notario de siempre, o una entrevista largo tiempo esperada, hasta la compra de un regalo importante, la llamada telefónica decisiva o la conferencia expuesta ante decenas de personas desconocidas para él.

A la vecina del tercero, al compañero del taller o a la farmaceútica del 83 les ocurre algo parecido pero totalmente distinto en su concreción subjetiva. Cada uno valora aquel día, sus actos y sus dominios grandes o pequeños a su estilo particular. Es más: a cada uno de los millones de personas que pueblan aquella ciudad, los miles de aquel pueblo, los cientos de este barrio o los seis mil quinientos millones que habitan el planeta Tierra les ocurre algo así: tan igual y tan distinto a la vez.

Por eso, la problemática de la valoración y del valor se encuentran en el núcleo central de toda la comprensión y explicación de la actividad tanto económica como humana. Todos, explícita o implícitamente nos preguntamos cada dos por tres: ¿Qué es el valor? ¿Cómo valorar? ¿A que llamamos valor económico? ¿Por qué valen las cosas y los acontecimientos? ¿Cómo poder medirlos para saber a qué atenernos y cómo compararlos? ¿Cómo incrementar su valor para así enriquecernos? ¿Qué es la riqueza y qué es, por lo tanto, la pobreza? ¿Cómo dar sin perder y cómo es que a veces perdemos recibiendo? ¿Cómo ganar enriqueciendo a otros y cómo acrecentar nuestro valor acrecentando el ajeno? ¿Qué tener y cómo sacar de allí un rendimiento óptimo expansivo? ¿Qué hacer para eso? ¿Cómo aprender a dar respuesta a todo esto aclarándonos un poco o un mucho?… etc.

Todos los investigadores solventes teóricos o prácticos de la ciencia económica y empresarial se han venido cuestionando desde siempre estas preguntas decisivas para tratar de responderlas después con más o menos acierto. La teoría del valor ocupaba entre los clásicos un lugar prominente y tanto sus aciertos como sus errores tuvieron una influencia definitiva sobre la actividad económica práctica.

Sin embargo la materialización radical, la especialización analítica y separatista o la monetización exclusiva de nuestra ciencia ha dejado las reflexiones en torno a la teoría del valor arrinconadas. Como si ese tipo de conocimiento no fuera otra cosa que un simple embellecimiento dominical poco importante. Este tipo de indagaciones se considera muchas veces algo poco esencial para el economista autocomplaciente, algo obsoleto y supuestamente superado por los avances grandilocuentes de la matemática trigonométrica y la econometría estadística. El economista “científico” tiende a colocarse fuera del alcance del “vulgo” refugiándose en el ámbito de las abstracciones donde los modelos, las ecuaciones y la compleja terminología especializada conforman un medio de comunicación y de expresión con patente exclusiva para expertos marcianos. Revestida con el paradigma científico (también falso) de la naturaleza inanimada, este tipo de ciencia económica tan extendida construye una muralla terminológica infranqueable donde se estrellan el sentido común de las gentes reales del mundo verdadero exterior y, mediante esa fortaleza arisca, tratan de alejar cualquier atisbo de consideración eticofilosófica, histórica, sentimental o psicológica para mostrar como única posibilidad científica el tratamiento meramente neutral y descriptivo.

Al vivir en el mundo modélico artificialmente inventado, se acaba conociendo muy poco del mundo real y tampoco se conoce lo que las otras ciencias han descubierto sobre este mundo real. Haciendo caso omiso de las grandes verdades descubiertas, también por los economistas, en los últimos doscientos años, se convierte la actividad económica en un automatismo de mecánicas medidas estereotipadas que se aplican según los recetarios técnicos propuestos para cada caso por los equipos de expertos especializados. Con esos recetarios técnicos se pretenden manejar precios y salarios, tipos de interés, beneficios globales, niveles de inflación, coeficientes de paro, etc.

Enmarcada la economía en el contexto exclusivo de las ciencias de la naturaleza se considera la problemática sustancial de la valoración y del valor como absurda, irrelevante y “metafísica” en sentido peyorativo. La farmaceútica del 83, el vecino del quinto, el compañero de taller, el taxista rural o la directora general no entienden nada de la “economía científica”, pasan de los expertos o de los técnicos y continúan haciendo y valorando a su culto entender. Lógico.

JJ Franch

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