EL RESPETO A LAS REGLAS DEL JUEGO

“Al menos desde el siglo XVIII, y especialmente desde Adam Smith, se ha comprendido la influencia de las reglas (“leyes e instituciones” en la terminología de Smith) sobre los resultados sociales, y esta relación ha proporcionado la base para uno de los temas centrales del análisis económico o de la economía política, tal como se deriva especialmente de sus fundamentos clásicos.

Si las reglas influyen en los resultados y si algunos resultados son “mejores” que otros, se sigue que en la medida en que las reglas pueden ser elegidas, el estudio y análisis de reglas e instituciones comparativas se convierte en el objeto propio de nuestra reflexión.”

He querido citar desde el principio esas palabras en las que me he inspirado para redactar este texto. Son del Premio Nobel de Economía James Buchanan, que visitó España recientemente, y que están recogidas en La razón de las normas. Economía Política Constitucional” El libro fue traducido al castellano y editado por Unión Editorial hace unos años pero su contenido es de rabiosa actualidad y tiene un magnífico prólogo de José Antonio Aguirre. Siguiendo el hilo, mi reflexión es la siguiente:

En el gran juego de la vida tomamos parte a la vez y continuamente en otros numerosos juegos estructurados cada uno de ellos por un conjunto más o menos sistemático de reglas implícitas o explícitas. Aunque somos obligados participantes, la mayor parte de las veces desconocemos el origen de esas reglas; cómo se han convertido en obligatorias; cómo pueden ser cambiadas; y, lo que es más importante, cómo pueden valorarse normativamente para dilucidar si son o no convenientes, y si son o no las más idóneas.

Por el hecho de nacer y crecer en una familia seguimos las reglas de comportamiento que allí imperan. Por vivir en un determinado lugar jugamos según las reglas que establece la comunidad de propietarios, el gobierno municipal, la comunidad autónoma, el parlamento y el gobierno de una nación, o la constitución. Por ser ciudadano de la Unión Europea tenemos que contar con la normativa común. Y, por ser ciudadanos del mundo, con los acuerdos internacionales que se toman bilateralmente o en el seno de la Organización de las Naciones Unidas.

Como para vivir necesitamos bienes materiales producidos muchas veces, la gran mayoría, por otros, necesitamos reglas que permiten civilizadamente adquirirlos, conservarlos, transportarlos e intercambiarlos: economizarlos. Por tener que vivir junto a otras muchas personas estamos inmersos en el juego de la convivencia, con sus reglas de urbanidad, de cortesía, de educación en general. Por tener necesidad de perpetuar la especie humana y perpetuarnos en nuestros hijos, estamos inmersos en el juego de la reproducción y la sexualidad con sus reglas implícitas peculiares. Por ser organismos vivos, más bien frágiles que se deterioran con el paso del tiempo o por accidente, tratamos de cumplir las normas básicas para mantener la salud y evitar o curar las enfermedades. Cuando utilizamos una máquina de escribir o un ordenador con cualquiera de sus múltiples programas posibles más o menos sofisticados, manejamos instintivamente todo un manual de reglas; cuando se construye una casa otro tanto y cuando nos trasladamos de un lugar a otro en coche, en tren o en avión otro tanto también.

Las reglas y principios generales aplicados a todos por igual, pero en sus distintas circunstancias, son necesarias. No podemos caer en una anarquía radical extravagante porque sería tanto como escaparnos a un mundo irreal que nos destruiría. Las normas, pocas, sencillas y flexibles, son necesarias para ordenar esa aparente anarquía que también está presente en nuestro mundo e introducir una cierta dosis de sincronía en el caos que nos circunda. Las reglas naturales económicas y monetarias, pocas, sencillas, flexibles, proporcionadas, también introducen sincronía en ese caos económico y orden en la anarquía monetaria.

Los principios son necesarios para la convivencia porque de lo contrario acabaríamos brutalmente enfrentados porque uno o varios apetecerían lo mismo que otro u otros trataban también de conseguir.”Las reglas definen los espacios privados dentro de los cuales cada uno de nosotros podemos llevar a cabo nuestras propias actividades.” Se necesita un ramillete de normas que, aunque nos autorrestrinjan algo en el entorno social, también en el privado, impidan ciertos comportamientos que al fin y a la postre, y sin reglas, perjudican o todos y nadie de hecho desea. Las buenas reglas armonizan comportamientos que podrían ser diversos, concilia intereses distintos y genera resultados que son beneficiosos y tolerables por todos los participantes. Un cierto diseño de reglas en convenciones sociales proporciona a cada actor la posibilidad de predecir en cierto grado el comportamiento de los demás y actuar en consecuencia; genera información facilitando la coordinación de conductas; da lugar a la consecución de una ganancia importante para cada uno de los participantes que respetan esas reglas, y puede ser, por lo tanto, interesante para todos los potenciales participantes en ese gran juego de la vida. “Las reglas que constriñen las interacciones sociopolíticas -las relaciones económicas y políticas entre los individuos- tienen que valorarse, en último término, en función de su capacidad para promover los diferentes propósitos de todas las gentes de la “polis”. La elección de las reglas más idóneas se convierte en la tarea primordial para la consecución de unos excelentes resultados, también económicos.

JJ Franch

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