EL LIBERALISMO SOCIALISTA

Personalmente, me quedo perplejo cada vez que el espíritu del Capítulo I del Libro Quinto de La Riqueza de las Naciones de Adam Smith sobre el papel del Estado en la Economía, habla en distintos foros nacionales e internacionales por boca del Ministro de Economía del Gobierno Socialista Español. Más de doscientos años después, el eco de aquellas letras se hace oír, con terminología más técnica y sofisticada pero con el mismo fondo, a través de modernos micrófonos y cámaras de televisión ante expertos del mundo político, empresarial y financiero, y de cara a la opinión pública en general. La fuerza e intensidad de esas palabras se ha ido acentuando a partir del inicio de la campaña de preparación del clima social necesario para encarar las exigencias ineludibles del Plan de Convergencia de cara a la plena integración en la Unión Económica y Monetaria Europea.

En ese extenso capítulo, el padre del liberalismo económico reflexiona sobre las funciones del Gasto Público y dice que la primera obligación es la de proteger la sociedad contra la violencia y de la invasión de otras sociedades independientes. El segundo deber consiste en proteger, hasta donde sea posible, a los miembros de la sociedad contra las injusticias y opresiones de cualquier otro componente de ella, o sea el deber de establecer una recta administración de justicia.

La tercera y última obligación del Estado es la de establecer y sostener aquellas instituciones y obras públicas que son de tal naturaleza que la utilidad nunca podría recompensar su costo a un individuo o a un corto número de ellos, y, por lo mismo, no debe esperarse que éstos se aventuren a fundarlas ni a mantenerlas. En resumen: Defensa, Justicia (respetando meticulosamente su independencia) y subsidiariedad plena en el resto de actividades.

El espíritu de esas cien páginas también coincide con el liberalismo de las declaraciones de Solchaga: “allí donde la competencia es libre, la rivalidad de los competidores -que están siempre procurando desplazar a los demás de los puestos que poseen- obliga a cada quien a cumplir sus obligaciones con cierto grado de exactitud.”

La perplejidad comienza a desaparecer cuando se comprueba una cierta esquizofrenia o doble vida entre las palabras y los hechos o decisiones reales de política económica. Conviene recordar, en este punto como en tantos otros, que “obras son amores y no buenas razones”. No bastan los buenos propósitos, las palabras acertadas. En Política Económica las ideas hay que materializarlas, vestirlas, concretarlas, subirlas al carro de las decisiones efectivas y al entramado jurídico que las haga realidad.

No debe ocurrir como con las buenas y ejemplares primeras intenciones de eliminar el Déficit Público para 1992 y 1993, y presentar y aprobar después Presupuestos deficitarios. Por poner otro ejemplo, tampoco se puede hacer una liberalización de capitales y, como me comentaba un alto directivo bancario, tener que aprenderse una abigarrada normativa de 500 folios. Se preguntaba este brillante ejecutivo lo que hubiese tenido que leer si en vez de una liberalización se hubiese hecho una regulación. Tales actitudes de doble cara se pueden extender también al despido “cuasi” libre, a la Ley de Huelga, a las privatizaciones, al traspaso a los agentes sociales de la gestión del desempleo,…

El asombro y la perplejidad desaparecen por completo cuando se introduce la variable explicativa electoral con tintes de modernidad intentando evitar la huida de votos de centro y centro-derecha del espectro sociopolítico actual.

JJ Franch

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