EL DIÁLOGO HUMILDE CON LO MATERIAL

Friedrich August von Hayek, a quien se le concedió el Premio Nobel de Economía en 1974, murió en Friburgo en el año 1992. Había nacido en Viena en el año 1899 por lo que se celebra en este año de 1999 el centenario del nacimiento de quien fue uno de los más notables economistas de este siglo XX que termina. Sirvan estos párrafos como un breve homenaje a su obra magistral. Me limitaré para ello a reflexionar en voz alta sobre el contenido de tan sólo dos páginas de los más de veinte tomos de sus Obras Completas editadas para el mundo de habla hispana por Unión Editorial. Se trata de las páginas 61 y 62 de “Los fundamentos de la libertad”.

Hayek huye constantemente de un intelectualismo omniabarcante que quiere conocerlo todo y actuar siempre de acuerdo con los razonamientos conscientes. “Tenemos nuevas ideas para discutir, diferentes puntos de vista que revisar, porque tales ideas y puntos de vista surgen de los esfuerzos de individuos en circunstancias siempre nuevas, que se aprovechan, en sus tareas concretas, de los nuevos instrumentos y formas de acción que han aprendido.

La parte no intelectual de este proceso, la formación del cambiante entorno material de donde lo nuevo surge, requiere para su comprensión y apreciación un esfuerzo de imaginación más grande que el de los factores que subraya el punto de vista intelectualista.”

Todo trabajo, hasta la más nimia acción humana, es intelectual porque tiene en cuenta los fines más o menos generales o últimos. Para Hayek lo material resulta también esclarecedor y fuente de novedades. Valora de forma especialmente relevante lo material, sencillo y cotidiano: lo familiar. “La forma en que hemos aprendido a distribuir nuestra vida diaria, a vestirnos, a comer y a arreglar nuestras cosas, a hablar y a escribir, a usar los innumerables instrumentos y herramientas de la civilización, no menos que la forma de producir o comerciar, nos suministran constantemente las bases sobre las que deben sustentarse nuestras contribuciones al proceso de la civilización.”

El proceso de la civilización se constituye en un diálogo con lo material y con los demás a través de aquella materialidad. Las ideas, surgiendo de la aparente simpleza materializada, lo renuevan, proyectan y transforman idealmente para volverlo a materializar ya renovado e idealizado. “El proceso intelectual es, efectivamente, sólo un proceso de elaboración, solución y eliminación de ideas ya formadas. En gran medida, el afluir proviene de la esfera en donde la acción, a menudo acción no racional, y los sucesos materiales chocan la una con los otros. Tal proceso se agotaría si la libertad se limitara a la esfera intelectual. La importancia de la libertad, por lo tanto, no depende del elevado carácter de las actividades que hace posible. Incluso la libertad de acción para las cosas humildes es tan importante como la libertad de pensamiento.”

Para la reorganización, asentamiento y transformación del pensamiento abstracto, que se desarrolla continuamente y aparentemente dotado de vida propia cuando se ha puesto en marcha, se necesita la constante interacción con lo habitual materializado con anterioridad que se hace presente a los sentidos y que estimula la competición armónica derivada de los hábitos adquiridos de las gentes para realizar formas nuevas y emprender originales modos de hacer alterando el desarrollo futuro del organismo de la civilización mediante adaptaciones a los nuevos cambios. El pensamiento humano no puede desligarse totalmente del mundo sensible encastillándose en un universo de fantasmas puramente abstractos sino que, por el contrario, le es imprescindible recurrir con renovada asiduidad a los continuos y ricos mensajes cotidianos que se le transmiten a través del color, de la palabra viva, de la música, de la ubicación de este o aquel objeto, de la parsimonia o la velocidad de los seres vivos, de la fuerza o la debilidad, del quehacer laboral, de los instrumentos con los que tras arduos esfuerzos continuados se ha familiarizado con anterioridad,… etc.

Ese diálogo e interacción con el mundo sensible enriquece la libertad de pensamiento sin depauperarla rebajándola hacia lo material. Al contrario, la aplicación perseverante de la inteligencia sobre lo material trasciende éste y lo eleva espiritualizándolo. La potencia de captación universal de esencias y su capacidad de relación hacen posible el descubrimiento y redescubrimiento imaginativo de nuevos mundos capaces de hacerse realidad con el quehacer empresarial renovado.

JJ FRANCH

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