DINAMICA EMPRESARIAL SOLVENTE

Es imposible recibir sin que alguien dé, y es también inconcebible dar sin que algún otro reciba lo que damos. El interés propio está ligado indefectiblemente al interés ajeno, y el de los demás al nuestro. Este juego serio y enriquecedor de recibir dando se concreta diariamente en el ámbito empresarial a través del criterio de la búsqueda del máximo beneficio sin engaños ni presiones. La maximización del beneficio ajeno (que repercute sobre la maximización del propio) o la maximización del beneficio propio (que estimula la maximización del ajeno), son el fin de la actividad empresarial.

La función principal del beneficio es precisamente su capacidad para medir la eficacia del servicio en la consecución de mayor idoneidad subjetiva de los clientes potenciales. Ello conlleva la eficacia del ensamblaje armónico de la multifacética variedad de los factores de producción (materias primas, trabajo subordinado y directivo e instrumentos de capital) en orden a las producciones finales. Esta capacidad de reflejar y medir idoneidades en orden a las últimas subjetivas, permite que, a través del ejercicio comparativo de costes e ingresos, el beneficio o pérdida sea un instrumento formidable para la transmisión de innumerables informaciones económicas entre multitud de agentes sociales reduciendo de forma importante los costos de transacción, información y control.

Los beneficios nunca son “normales” o “equilibrados”. Surgen más bien por adelantarse a la normalidad previendo mutaciones y desequilibrios en las demandas que los demás no habían previsto. En un mundo imaginario, equilibrado y estático no surgirían ni las pérdidas ni los beneficios. La inexpresable variabilidad de la concreción libre de los fines humanos produce continuos cambios en las demandas generando desequilibrios e incertidumbres sobre las producciones futuras más deseadas. Los acercamientos o alejamientos a esas libres concreciones humanas son la fuente de los beneficios o pérdidas empresariales. La fidelidad en el servicio a los potenciales usuarios de unos y otros productos alimenta el beneficio propio. Su imperio se deja sentir en el mercado a través de esos beneficios o pérdidas, añadiendo patrimonio a unos y detrayéndolo a los menos eficientes económicamente. El fin lucrativo de la empresa provoca el hecho de que la soberanía de los consumidores prevalezca en el sistema del libre mercado. Las demandas concretas de los ciudadanos reflejan sus finalidades subjetivas y el empresario puede orientar, en el ejercicio de su libertad, la producción hacia esos bienes deseados libremente por los consumidores.

Los consumidores por otra parte no actúan al azar y aleatoriamente. Hay una serie de conductas estables de la naturaleza humana que nos permite distinguir entre preferencias subjetivas y valoraciones objetivas. Estas valoraciones objetivas hacen referencia a los fines universales de la naturaleza humana. Son valoraciones ideales pero posibles de una determinada persona o una determinada comunidad de seres humanos a las que se podría llegar con determinados actos idóneos de consumo y producción para conseguir el grado máximo de “felicidad”, “éxito” o autorrealización personal o social. Las valoraciones subjetivas son en cambio las que hacen referencia a las interpretaciones concretas y reales de esos fines objetivos hechas por ese hombre o esa comunidad según sus preferencias y modelos de vida determinados y que son el punto de mira real de todos sus hábitos y actos de compra, venta y producción. La voluntad humana busca lo que la razón le propone como conveniente, aunque a veces se equivoque persiguiendo como conveniente algo que no lo es realmente.

Si las finalidades subjetivas tienden hacia las objetivas, éstas mantendrán una conducta más estable en las prioridades de los ciudadanos. La lealtad a la tarea de acomodar la producción a la demanda, explicitada a través de los precios, no tiene que estar presente sólo en los planes generales a medio y largo plazo, sino que, motivado por la originalidad radical de cada precio en ese lugar, en ese momento y para esa mercancía, es característica diaria de su actividad en la gestión normal de los negocios.

La complementariedad vertical de la producción consiste en un incremento del valor por vía de un mayor acercamiento de los bienes a las finalidades subjetivas humanas, y de éstas a las objetivas. La especialización empresarial y científica también tiende a facilitar un mejor conocimiento de las necesidades subjetivas y una mayor aproximación hacia los entresijos de los objetivos de la naturaleza humana. Toda innovación, incluso las fugaces, es una aproximación hacia la idoneidad última subjetiva de su tiempo y de su ámbito espacial de conocimiento. Esa innovación será fugaz si esa idoneidad última subjetiva, para la que sirve y a la que sirve, dista mucho de la idoneidad última objetiva correspondiente a la naturaleza humana. Si por el contrario, la idoneidad última subjetiva se aproxima a la idoneidad última objetiva del ser humano, esa innovación, más tarde o más temprano, acabará imponiéndose en el proceso de producción de bienes y servicios económicos.

Los poderes creativos de la actividad empresarial son atraídos por la fuerza de lo objetivo – de lo auténtico y verdadero – hacia la elaboración de formas de vida que se encuadran dentro de las leyes inalterables del universo humano y que son capaces de fomentar las más altas aspiraciones de la naturaleza humana. La solvencia de la actividad emprendedora empresarial depende en última instancia de los fines a los que sirve.

JJ FRANCH

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