CURVA DE LAFFER LEGISLATIVA

La curva de Laffer relaciona los tipos impositivos y la presión fiscal con el volumen correspondiente de recaudación. A partir del cero por ciento, a medida que, poco a poco, va aumentando la presión fiscal se va recaudando más. Pero el incremento es cada vez menor y llega un momento en que si los tipos impositivos se desmadran y la presión fiscal correspondiente se desorbita, se acaba recaudando cada vez menos debido a las fugas hacia la economía sumergida o informal y a los efectos negativos sobre el trabajo, el afán empresarial y los incentivos al ocio comodón. La propuesta no es nueva ya que en el ámbito hispano solamente, Flórez Estrada o Figuerola por ejemplo plantearon una cuestión parecida aunque sin definir el gráfico de la curva. También Juan Velarde en Los años perdidos nos recuerda que el andalusí Abenjaldún en el siglo XIV ya explicaba que “los ingresos tributarios suelen ser mayores cuando los tipos son bajos y las bases muy amplias”; y que “cuando el agricultor abandona la tierra y los mercaderes dejan sus negocios el rendimiento de los impuestos se desvanece o se convierte en peligrosamente bajo.”

Las enseñanzas que se encuentran implícitas y latentes en la curva de Laffer son aplicables a otros muchos asuntos económicos y también a otras tantas cuestiones de la conducta humana. Una de esas aplicaciones es la referente a las cuestiones legislativas y burocráticas, al afán de controlar la conducta ajena mediante mandatos, códigos y normativas emanados desde esta o aquella institución pública o privada. En el eje de abscisas de esa curva de Laffer legislativa trataríamos de medir el volumen de leyes, normas y reglamentos que inciden sobre los individuos, familias y empresas. En el eje vertical de ordenadas intentaríamos reflejar los índices alcanzados en términos de convivencia social, bienestar, buen hacer, desarrollo económico o, incluso, si se quiere, grado de felicidad y de bien común alcanzado.

En la relación entre estas dos variables se reflejaría algo parecido al comportamiento de la curva de Laffer. Se cumple también que los extremos son claramente perversos. La anarquía radical sin ningún tipo de leyes ni normas mínimas genera un desorden y caos que perjudica a todos los participantes en esa jungla hobbesiana donde incluso los que son aparentes corderos se convierten en lobos temibles para los demás cuando defienden los intereses vitales propios y de los suyos. Incluso los más fuertes acaban perdiendo y colocándose en una situación peor que la que alcanzarían con una cierta autorestricción con respecto a unas cuantas leyes naturales y de sentido común. Estaríamos en uno de los extremos de la curva, donde, con ninguna ley, el grado de convivencia, desarrollo, progreso y felicidad sería también prácticamente igual a cero.

En el extremo contrario de la curva, el valor de la variable, medida en el eje de ordenadas, también sería cero, o quizás negativo. Una sociedad (incluso me repugna llamar a ese “campo de concentración” sociedad) en donde todo estuviese codificado, planificado y legislado, hasta los extremos más nimios; donde estuviese regulado cómo y dónde hacer una casa, cuándo estudiar y leer, cómo vestirse, a quién comprar, qué trabajo hacer, cuándo descansar, dónde morir y cómo, a quién querer, e incluso dónde y a qué hora satisfacer nuestras necesidades biológicas diarias, no es difícil aventurar un grado de pobreza, subdesarrollo moral y económico o un nivel de infelicidad importante. Estaríamos de nuevo en los niveles cero o bajo cero de convivencia.

A medida que nos desplazamos desde el punto cero de normas hacia adelante, el nivel de progreso en la convivencia aumenta. Ciertas leyes y principios generales son necesarios para el desarrollo personal generalizado y para el bien vivir social. En el juego de la vida, siempre social y siempre económico, las reglas delimitan los ámbitos de libertad de los participantes, las acciones permitidas y convenientes; permiten resolver situaciones conflictivas, son faros informativos de las posibles conductas ajenas facilitando el éxito de nuestras propias acciones; facilitan la interacción entre personas que desean cosas completamente diferentes, permitiendo la coordinación multisocial, y pueden por lo tanto resultar interesantes para todos los participantes potenciales en esa vitalidad social.

Al principio, si va aumentando el acervo legislativo, los resultados en términos de convivencia también aumentan. Pero poco a poco el ascenso en las ventajas del incremento de la normativa se hace más premioso, crece, pero cada vez más lentamente hasta alcanzar un máximo, un óptimo. Pero entonces el “efecto burocracia” y el “efecto dictadura”, aunque sea democráticamente mayoritaria, empiezan a ejercer su influencia nefasta: las páginas del BOE se multiplican; los burócratas responsables de cada departamento y subdepartamento ministerial quieren vanidosamente protagonizar la vida ciudadana; las burocracias y los mandatarios autonómicos no quieren quedarse atrás y se aprueban numerosas normas que introducen más arena en los entresijos de la dinámica social que cada vez teme más salirse de la norma que aumenta en confusión; los ayuntamientos tampoco quieren quedarse descolgados y enarbolan la bandera del localismo frente a la región o nación. El asunto se complica aún más cuando aparecen los eurócratas de Bruselas queriendo controlar, juzgar y dictaminar casi todo en aras de la “planificación” del mercado único. Estamos ya cercanos al extremo opuesto. Llegados a la cima nos precipitamos a gran velocidad por la pendiente negativa de la curva y, si no rectificamos con rapidez, el castañazo contra el punto cero del eje de ordenadas puede ser también histórico. El nuevo efecto perverso se materializa diariamente casi sin darnos cuenta.

Es fácil extraer la moraleja de la curva de Laffer legislativa: no conviene pasarse de la raya, es mejor quedarse un poco alejados del máximo para estar en mejores condiciones. Lo podemos decir con palabras de Leonardo da Vinci en una de sus fábulas: “La ambición que no desborda los justos límites, es loable; cuando los traspasa, reprensible.”

JJ Franch

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