CONTRA EL RACIONALISMO ESTATAL Y EMPRESARIAL

Abriendo los ojos interiores y exteriores a la grandeza e infinitud de la mano invisible siempre nueva, no podemos ni debemos caer en el racionalismo empresarial. La razón cartesiana no capta las cualidades, sólo el número, la cantidad, la abstracción de la cantidad, la abstracción de las formas. La matemática es cartesiana, lo que se presenta como claro y evidente. No es capaz de captar la vida, el color, la relación, el valor que es relación de conveniencia y que es una cualidad de las cosas.”La razón no es capaz de manejar las cualidades. Un color no puede ser pensado, no puede ser definido. Tiene que ser visto, y si queremos hablar de él tenemos que atenernos a él.” El precio es una cierta expresión numérica, pero incluso el precio es inaprensible: cada precio es original, variable, voluble, reflejo de valoraciones subjetivas personales, de vidas, de grados de confianza. Además los precios son valores de cambio en circunstancias precisas. Títeres manejados por sus dueños que son los valores de uso y respecto a quienes los especifican.

Peter G. Klein explica el núcleo de las aportaciones de Hayek indicando que éste basa su defensa del mercado no sobre la racionalidad humana, sino ¡sobre la ignorancia humana! “El argumento que justifica la libertad, o al menos su principal componente, reside en el hecho de nuestra ignorancia y no en el de nuestro conocimiento.”

Sólo siendo conscientes de la enorme pequeñez personal, y admirando desde el asombro ignorante la mano invisible, intuiremos los habituales efectos desconocidos de nuestras acciones: ¡cuántas veces queremos hacer esto y hacemos aquello; creemos enseñar y estamos aprendiendo; creemos aprender y en realidad enseñamos. Creemos subir a un árbol para coger una manzana y fulanita que nos vio se enamora de nosotros y cambia nuestro futuro y el futuro. “Y es que, como el sonido sobre el silencio, la ciencia se asienta y vive sobre la ignorancia viva. Sobre la ignorancia viva, porque el principio de la sabiduría es saber ignorar.”

Hayek manifestaba especial admiración por el Dr. Bernard Mandeville, especialista en las enfermedades de los nervios, por dos características del conocimiento humano que este psiquiatra del siglo XVIII destacaba: “Que no sabemos por qué hacemos lo que hacemos, y que las consecuencias de nuestras decisiones son a menudo muy diferentes de lo que esperábamos, son los dos fundamentos de esa sátira sobre los engaños de una época racionalista que fue su objetivo inicial.”

Especial aplicación tiene este principio del “sólo sé que no sé nada” de Séneca al derecho racionalista y positivista. Quiere el legislador conseguir esto y consigue aquello, quizás lo contrario. Son abundantísimos los efectos perversos y no queridos de las leyes racionalistas y de las decisiones económicas y empresariales basadas en el hiperracionalismo de muchos ejecutivos. Esta comprensión de la interdependencia económica debe llevar a la humildad intelectual y ejecutiva sabiendo que la soberbia, por muy activa que esté, no es trabajo sino destrabajo. No hace, deshace. Todo directivo está necesitado de echar una ojeada a los vicios intelectuales desarrollados por los grandes filósofos de la ética o de la conducta humana.

Quizás lo peor que le puede ocurrir a una economía familiar, empresarial, regional o nacional es burocratizar la vida. Para no caer en ese error, hay que saber descubrir en los demás el empresario especialmente valioso que todos llevamos dentro. Y hay que contar con la capacidad de reacción humana. Sería oportuno aplicar a estos hechos la teoría de las expectativas racionales del premio Nobel de Economía Robert Lucas. Por eso la experiencia es tan importante en las tareas empresariales. Por eso no hay más remedio que aprender por el método de las aproximaciones sucesivas, aprendiendo de los errores y reconvirtiendo las actitudes con flexibilidad. Sabiendo que nunca tenemos la verdad sino, como mucho, menos error al estilo Popperiano. Todo ello lleva a quizás cambiar incluso de actividad, flexibilizando la mente, eliminando manías, sin rigideces forzadas. Siempre recomenzando sin aspavientos, siempre comenzando de nuevo, siempre naciendo; siempre naciendo un nueva vida en la misma persona viva.

Esa fuerza motriz de la ignorancia se revela también importante en la inutilidad de los intentos de control y omnisciencia. A su vez, la actitud meramente neutral, aséptica y funcionarial del subordinado ya no concuerda con esta interacción abierta y hay que devolverla al baúl de los recuerdos. Consecuentemente la dirección ya no puede pivotar sobre la pura función de “ordeno y mando” lo que se me ocurre, y saco el caballo y el rey de bastos para cantar las cuarenta a quien se oponga a mis ideas claras y distintas. Hitler y Stalin seguramente tenían ideas claras y distintas, evidentes para ellos, y trataron de realizarlas.

El nuevo estilo de la dirección empresarial es no sólo el de dejar hacer y dejar pasar desde las cúspides de poder, sino también, y especialmente, dejarse hacer, y acometer con paciencia y sin miedos toda la riqueza encerrada en cada nueva situación. Conviene recordar aquel juicio de Jean Béranger:”La verdadera victoria consiste menos en triunfar sobre un adversario intercambiable, elegido como chivo expiatorio, que en intentar, en la medida de lo posible, controlar los propios instintos y dominarlos.” Comentando este texto Juan Velarde concluye: “En España no sólo hubo equivocaciones menores en estos años, sino un error básico, colosal, que vamos muy probablemente a pagar con amargura en los años inmediatos. Esto es, el de que se defendió que no era urgente practicar el sacrificio de dominar los propios instintos, sino antes al contrario, que convenía renunciar a ese y a otros sacrificios.” El más fuerte es quien sabe dominarse, quien sabe resistir, no quien agrede. Eso han dicho siempre los clásicos de todas las épocas. Muchas veces el empresario, para actuar acertadamente, tendrá que tener la fortaleza y el nervio de frenar, parar, descansar, dejar de correr y mirarse por dentro. Tendrá en muchas ocasiones que sentarse con paciencia y entereza a la sombra de la soledad. Es la humildad de quien deja hacer a la vida y que no impone sus metas y sus visiones y sus proyectos, estereotipados o cuadriculados, a los demás. Dejar hacer. Corregir, pero, sobre todo, dejarse corregir. Coordinar y orientar, pero dejar hacer. Para alcanzar el éxito conviene no imponer rígidamente nuestro racionalismo particular impulsivo.

JJ Franch

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