BIENESTAR DE LA DESINFLACIÓN

En el año 1952, si alguien quería enterarse de lo más destacable del día leyendo un periódico cualquiera lo podía conseguir gastándose tan sólo una peseta. Por 39 pesetas y cuarenta céntimos podíamos recibir en nuestra casa, cómodamente, contra reembolso y sin gastos, nada menos que: una lata de filetes de anchoa, una lata de calamares, una lata de almejas al natural, una lata de bonito y una lata de sardinas en aceite. Si el frío arreciaba como este año de nieves, podíamos comprar un abrigo de lana por 135 pesetas y si llovía, un impermeable de plástico por 55 ptas. Un cuchillo de cocina costaba 15 ptas, una vajilla de 56 piezas 279, una batería de cocina de 13 piezas 299, una plancha eléctrica 37 ptas y una máquina para picar carne 93 ptas. Por 600 ptas al mes podíamos, además, vivir de alquiler en un piso ático con 4 habitaciones y baño.

Todos sabemos con más o menos aproximación lo que cuestan hoy los componentes de un menú de vida parecido al citado de hace 45 años. Punto arriba o punto abajo, décima más o décima menos, lo que está claro es que la inflación de precios ha sido importante en todo el espectro de la cesta de la compra. Pues bien, para destacar este hecho tan desagradable y relevante no hubiese hecho falta recurrir al caso español y a esta segunda mitad del siglo XX. En este caso España no ha sido diferente. La misma impresión tendríamos si hubiésemos recurrido a otros muchos países, casi todos, en esa misma época, o, también, a diversos momentos históricos a lo largo y ancho de la geografía mundial. Hemos estado inmersos en un proceso inflacionista mundial que bien podíamos catalogar de continuo y permanente. En España estamos en unas circunstancias únicas desinflacionistas que no podemos desaprovechar para salir de aquella inercia degradante y perturbadora. Para ello conviene echar un vistazo a sus causas y poner los remedios ortodoxos con discreción e inteligencia pero sin que tiemble la mano; porque sabemos, digan lo que digan, que así se beneficiarán todos, especialmente los que más protestan y se oponen a las medidas terapeúticas imprescindibles que ellos tanto necesitan y que se empeñan en poner en entredicho y descalificar muchas veces violentamente.

Wilhelm Röpke explicaba en un libro reeditado recientemente en España con el título de Más allá de la oferta y la demanda que en la época moderna se han registrado cuatro períodos en los que el deterioro del dinero ha afectado prácticamente a todos los países de economía desarrollada: la época de los “galeones de la plata” de América, la Revolución francesa y las guerras napoleónicas, durante y después de la primera guerra mundial y, finalmente, en estas últimas décadas. Sólo ahora parece que empezamos a luchar en serio y denodadamente contra este cáncer económico. Röpke sitúa el origen de la inflación actual en un desorden de la sociedad y en una enfermedad moral y no sólo en un mero error monetario cuya solución pueda encomendarse sin más a los especialistas de las finanzas. Desde los primeros esbozos de la teoría cuantitativa del dinero allá por el siglo XVI con Bodin y los escolásticos tardíos, se era consciente de que la degradación de la moneda era debida a conductas amorales por devaluaciones gubernamentales y por empobrecimiento fraudulento de las piezas monetarias por los particulares. La inflación no es otra cosa que un robo masivo a la población efectuado sibilinamente, sin reflejo en los Presupuestos Generales del Estado, con plena conciencia o, lo que puede ser peor, por ignorancia ideológica.
La onda inflacionista de nuestro tiempo encierra en sí, por vez primera, de forma clara y prácticamente exclusiva, el carácter de una inflación producida por las ideologías, fuerzas y deseos de la moderna democracia de masas. Es una inflación “democrática socialista” decía. Y añadía que no era posible tampoco silenciar la enorme responsabilidad culpable que los keynesianos de todos los credos han tenido en ese galope inflacionista.”El profundo desorden económico y social con el que nos enfrenta la inflación actual ha sido precedido por otro de índole espiritual. De no haber existido un Keynes, o, por hablar con mayor exactitud, de no haber existido el autor de un libro titulado The General Theory of Employment, Interest and Money, entonces la ciencia de la economía sería, tal vez algo más pobre en algunos puntos, pero los pueblos serían mucho más ricos, porque la salud de su economía y de sus monedas estaría menos amenazada por la inflación.”

La inflación nos empobrece a todos. Si queremos enriquecernos, avancemos en la desinflación yendo a las raíces: dando estopa a la inflación fiscal sin miramientos; frenando la inflación importada; atajando el sobredimensionamiento imprudente de las inversiones vía créditos con delirios de grandeza; conteniendo con firmeza la inflación salarial, la más difícil por la incompetencia de tantos, porque sabemos que así mejora el bienestar de los trabajadores y funcionarios (no hay mejor subida de sueldos, ni más extensa y universal, que la desinflación de precios); manteniendo a rajatabla la autonomía inteligente del Banco de España; abriendo a la competencia, sin contemplaciones oligopolísticas, todos los mercados, pese al empresario acaudalado con privilegios que pese y sin tardanza, controlando así la inflación de costes; y, sobre todo, ahorrando. Como estamos empezando a hacer y como deberíamos haber hecho. Trabajando y no despilfarrando. Cuanto más abultados son los ahorros más tranquilidad social y menos se necesita la intervención de los Bancos Centrales con tipos de interés altos y restricciones crediticias para mantener a raya la inflación. El ahorro produce desinflación y la desinflación autogenera e incentiva a su vez el trabajo y el ahorro. Las sinergias son continuas.

“Cuanto más descansen las inversiones en el ahorro, tanto más elevado será el punto crítico del aumento de las inversiones y durante más tiempo podrá mantenerse la alta coyuntura sin alcanzar un nivel peligroso. Cuanto mayor sea la suma total de los ahorros y más amplio el círculo de ahorradores, más amplia será también la capa de personas y de instituciones que formarán un bloque interesado en que se mantenga un dinero honrado y bien fundamentado, tal como corresponde tanto a la mentalidad del acto ahorrador como a los intereses creados por el ahorro. Y en esta misma medida aumentará el frente antiinflacionista, sin cuya presión no cabe esperar una auténtica y eficaz política opuesta a la inflación.” Ese es el auténtico estado general del bienestar que empezamos a detectar en España: el bienestar de la desinflación.

JJ Franch

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