APRENDER DE LOS CLASICOS

Los economistas, como todos, estamos encarcelados en el tiempo presente cumpliendo nuestra cadena perpetua particular sin esperanza de indulto antes de la muerte. Estamos siempre, y todos han estado, prisioneros de esa dinámica temporal inquietante, pero que muchas veces rebosa también esperanzas pacíficas y chispazos de luz renovadora. Es peligroso atiborrarse del presente porque esa obsesión por la temporalidad inmediata no nos deja ver el modo de vivir y de pensar de quienes nos precedieron. Para ellos, lo importante y decisivo no era muy distinto de lo que es esencial también para nosotros. El rabioso presente puede sofocar las reflexiones de otras personas iguales a nosotros, pero que vivieron en circunstancias distintas y de las que tanto podríamos aprender. Como explica Emilio Lledó en La memoria del Logos: “Emparedados en el presente, urgidos y condicionados por el mundo que nos rodea, sólo podemos respirar por la historia, por la memoria colectiva. Y es a través de esa memoria como podemos escuchar la voz de los textos y descubrir que sus mensajes no son pura letra; porque nunca nadie escribió por escribir”.

Quería comentar esto en voz alta porque tengo la impresión de que se está extendiendo una cierta animadversión en nuestra disciplina económica, especialmente significativa en los jóvenes docentes e investigadores, a leer con sosiego historia del pensamiento económico. Esta actitud de desprecio de lo anterior nos puede llevar a un galopante deterioro del cuerpo doctrinal que podríamos aplicar para la solución de los problemas económicos.

Leemos muchas veces (si las leemos) aportaciones de autores relevantes de otras épocas con una sonrisilla de fondo por creer que resultan anacrónicas para nuestros días e inútiles para la consecución de nuestros intereses y ambiciones en la era digital. Envueltos en la tela de araña de las urgencias del presente cotidiano, somos incapaces de descubrir y ampliar las resonancias humanas del pasado, las significaciones quizás olvidadas o los dominios paradisíacos todavía inexplorados. Habituados a trabajar, tanto siendo alumnos como profesores, con un “corpus” doctrinal bastante dogmático y crecientemente formal, funcional y abstracto, raramente se considera necesario consultar ni siquiera a un economista de hace dos siglos o a otro de este mismo siglo contemporáneo de quien la corriente de pensamiento “oficial”, “ortodoxa” y “triunfante” ha idolatrado hasta cotas insospechadas. Se supone que todo lo que es valioso y útil en trabajos anteriores está siempre presente, con explicaciones formales más puras y elegantes, en la teoría moderna. El error parece no existir para algunos, ni en economía ni en matemáticas ni en física o química porque el progreso determinista y temporal creen que es siempre a mejor, incluso en las conductas humanas económicas y políticas o en los descubrimientos científicos. Con estos planteamientos, según los cuales lo último y crecientemente aceptado es lo idóneo, la dinámica social científica aceptará ideas renovadoras sólo cuando se muestren concordantes con la moda corriente de la ciencia. Exposiciones y puntos de vista de autores de otras épocas, que pueden ser muy válidos y enriquecedores, se encuentran con oídos sordos por parte de la nomenclatura científica instalada.

Muchos economistas importantes e historiadores de la economía, entre los que podríamos destacar a Schumpeter o a Rothbard, pensaban que una comprensión adecuada de la evolución de la ciencia ayuda a entender su situación actual tanto teórica como práctica o política, facilitando la tarea de separar la cizaña equivocada del trigo vertebrador. La historia del pensamiento económico no se estudia únicamente para dominar explícitamente la economía actual, sino que se debe estudiar en la medida que ayuda notablemente a comprender el camino por el que se ha llegado a la situación presente del cosmos intelectual establecido. Leer a los maestros clásicos hace que seamos capaces de ampliar nuestra sensibilidad y de ponernos en la frontera del progreso auténtico con el reconocimiento de nuestras limitaciones y de nuestras obcecaciones maniáticas. No pasa nada, incluso si releemos al mismo autor. Considero, al igual que Stigler, que si un gran libro como La riqueza de las naciones de Smith se lee repetidamente, hasta cinco o seis veces, se continúa aprendiendo cosas nuevas. Es dudoso que alguien aprenda por completo todas las cosas que Smith quiso expresar, y hay incluso más para aprender de una mente interesante que lo que su poseedor quiso enseñarnos.

Para leer a un economista, comprendiéndole, es necesario, decía, cierto grado de separación a la vez que un cierto grado de simpatía. Uno puede considerar el trabajo del hombre con un microscopio analítico, examinando cada frase y cada palabra con cuidado escrupuloso, y sin embargo no entender nunca lo que está intentando decir. Hay que evitar, en la medida de lo posible, tanto la hipercrítica como la adulación. Ambas sirven pobremente como guías en la interpretación. El propósito de tratar de entender el sistema teórico del hombre no es ser generoso o malicioso respecto de él, sino maximizar la probabilidad de que su trabajo contribuya al progreso científico. Sólo si el sistema está bien definido y purificado de digresiones irrelevantes, y errores que no son esenciales, podemos determinar si se trata de una adición valiosa al cuerpo de la ciencia o, al menos, de una línea de investigación que pueda investigarse más adelante. La acción de leer bien un fragmento de un escrito científico será, por tanto, una contribución al progreso de la ciencia: la lectura del profesional ha mejorado la exposición original de la teoría.
JJ FRANCH

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