AMBICIÓN DE INICIATIVA PERSONAL

 

Cada persona es un universo de vivencias experimentadas, un cosmos original de interpretaciones de la realidad circundante en todos y cada uno de sus instantes históricos, un mar tranquilo o huracanado de proyectos, esperanzas o aspiraciones vitales familiares o profesionales. Cuando cada uno pasea por los infinitos senderos del mundo, lleva incorporado indefectiblemente, a modo de mochila inseparable, todo ese universo, ese cosmos y ese mar que se transforman, enriquecen o empobrecen continuamente al contacto con los demás y lo demás. Los demás pueden atisbar comportamientos ajenos y aventurar sus posibles decisiones, pero difícilmente comprenderán en sus infinitos detalles insignificantes esos otros universos de intuiciones y sensaciones. Es imposible conocerle con propiedad y es, por lo tanto, una insensatez querer juzgar al otro o creer que sabemos lo que quiere, y que podemos decidir por él.

Si uno se da cuenta que esto es así, enseguida aparece como un error grave la manía consolidada en nuestras sociedades de tener que ser representados por unos pocos, que apenas si conocemos, para que decidan sobre una multitud de cuestiones que nos conciernen sobremanera. Deciden además sobre casi todo por mayoría, con lo que a un porcentaje elevado de ciudadanos se le impone lo decidido ya que su representante ha perdido la votación. Aún más: ni siquiera podemos elegir a quienes podremos elegir entre todos. Con las listas cerradas otros deciden el cupo del juego de la representación. El asunto se agrava cuando se idolatra la necesidad de representación y democracia y se da por supuesto que aquella mayoría elegida por los mágicos y correosos procedimientos institucionalizados está capacitada para decidir lo que cada una de millones de personas debe hacer. Esa capacidad normativa de los elegidos sobre los demás, puede hacerse asfixiante si tal facultad no tiene límites o tiene unos límites definidos muy vagamente.

Se necesita reivindicar el ser uno en propiedad y con propiedad, y que se amplíe la posibilidad de decidir y actuar como personas originales en muchos más aspectos: en las relaciones interpersonales tú a tú, en el comercio y los negocios, en la conversación, en el idioma, en las lecturas, en la televisión, en las iniciativas reformistas y transformadoras, en las diversas formas de trato social, en la educación, en la sanidad, en el deporte,… etc. Para ello se requiere variedad de opciones no grupales en todo, y menos representación impuesta. Sólo delegar unas muy pocas cuestiones esenciales. Si, a duras penas, somos capaces de atisbarnos a nosotros mismos, ¡cómo vamos a ser capaces de conocer el universo interior de los demás para poder decidir por ellos!

Seguramente la sociedad, y por supuesto su economía, iría mejor si cada cual se preocupase y ocupase de actuar y decidir lo mejor posible en aquél o aquellos ámbitos peculiares que conoce y en los que habitualmente habla, trabaja, descansa y vive. Allí es donde puede desfacer entuertos, abrir nuevos caminos o consolidar lo justo. Es un error que cuarenta millones de españoles jueguen en serio a ser presidentes del gobierno, diputados brillantes o alcaldes de su pueblo, perdiendo el tiempo soberanamente y sufriendo tontamente porque los otros, los elegidos de verdad, no hacen lo que ellos creen entusiásticamente debería hacerse. Ninguno en cambio nos damos cuenta que podemos ser de verdad, y somos, reyes en nuestro reino, alcaldes en nuestro pueblo personal, padres de nuestra patria universal, banqueros de nuestro banco, amos de nuestros negocios, directores en nuestra dirección general doméstica, gobernantes de nuestra ciudad única del mundo y en el mundo.

Si la senda abierta por la psicosis de representación se extiende, se puede llegar, y se llega ya en ocasiones, a que los políticos elegidos, investidos con gran parafarnalia como legisladores mayoritarios, interfieran, presionen y decidan sobre la forma o idioma en que se habla, en las variantes del menú del día, en la corbata o la blusa de temporada, la manera de viajar, el colegio de nuestros hijos, su médico dentista o, incluso, en la elección de pareja matrimonial. Se ha estado olvidando durante casi todo este siglo XX esclerotizado que de la misma forma que el lenguaje, la moda, la ciencia o la gastronomía son efecto vivo y cambiante de la convergencia de acciones, hábitos y decisiones espontáneas de un amplìsimo número de personas individuales, también las reglas justas de convivencia, las normas y los precios justos pueden ser un producto similar de convergencia armónica.

Se puede terminar recordando lo que Bruno Leoni escribió: “Hoy, el hecho de que no necesitemos confiar a otras personas la tarea de decidir, por ejemplo, cómo debemos hablar o cómo debemos pasar nuestro tiempo libre nos impide comprender que lo mismo debería ocurrir con muchas otras acciones y decisiones que tomamos en la esfera legal. Nuestra noción actual de la ley está básicamente afectada por la abrumadora importancia que concedemos a la función de la legislación, esto es, a la voluntad de otras personas (quienesquiera que sean) en relación con nuestra conducta de todos los días. (…) El sistema legal centrado en la legislación no sólo implica la posibilidad de que otras personas (los legisladores) puedan interferir en nuestras acciones diarias, sino que también implica la posibilidad de que puedan cambiar su manera de interferir en esas actividades diarias. Como resultado, la gente no sólo se ve privada de decidir libremente lo que quiera hacer, sino incluso de prever los efectos legales de su conducta diaria.”

JJ Franch

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